Sueños Remotos

Proyecto de intervención urbana. Santiago, Chile. 2007 – 2008.-

LA CASA RODANTE DE CRISTIÁN VELASCO

Video. Internet edition

 

Texto: Catalina Mena. 2007.-

El signo doméstico vuelve, una y otra vez, al  imaginario del arte contemporáneo chileno. El artista, ficcionado como homeless, insiste en su deseo arquetípico del hogar. Así, lo doméstico podría leerse como síntoma estetizado que no sólo habla de una carencia personal, sino también de una deuda cultural, pues a la orfandad genética se suma la percepción de la casa institucional del arte como un territorio hostil.

En un gesto reparador de esta carencia, la obra de Cristian Velasco –que ha crecido a la sombra de la institución artística– sustituye la inscripción cultural por la urgencia personal. Velasco viene del área de las comunicaciones, pero siempre rondó el circuito del arte desde su posición excéntrica y lateral. Dentro de la sensibilidad de un artista como Langlois Vicuña – quien, no por casualidad, ha trabajado también con elementos domésticos y, más precisamente, con el colchón como materialidad y signo – Velasco apuesta al valor intrínseco de un quehacer cotidiano y permanente que renuncia al plan de carrera y al voluntarismo inscriptivo a favor de una mayor independencia frente a los imperativos del sistema del arte.

Al observar lo que ha sido el trayecto de su trabajo, subraya el sentido de una reflexión emocional y crítica en progreso, que se va construyendo desde la propia experiencia biográfica, en la dinámica del ensayo y error, de lo que se desecha y lo que se conserva. Así, cada episodio de esta obra deja un remanente que será reutilizado como pieza del episodio siguiente, a la manera de un proceso constructivo de acumulación de la experiencia.

Uno podría decir que el artista siempre ha estado haciendo la misma obra y que cada pieza individual es una parte de esta obra mayor en permanente construcción. Quizás sea mucho más simple y lo que está haciendo, es construir su propia casa. Para ello se alimenta de los contenidos simbólicos y materiales de lo doméstico, seleccionando la connotación de albergue emocional y desechando el sentido de lo sólido y estable. Porque la casa de Velasco va siendo cada vez más móvil, para reforzar una emocionalidad de cruces e intercambios. Es una casa que, finalmente, se echa a  rodar por la ciudad y se deja contaminar por ella: es una casa rodante, que no se asienta en ningún territorio fijo.

Al defender el amenazado valor emocional de la casa, aún a costa de su fijeza y estabilidad física,  lo que se persigue es un lugar psíquico donde el sueño puede seguir viviendo. Este sueño, en la obra de Velasco, se encarna directamente en el colchón, que no es otra cosa que el soporte ordinario del sueño biológico. Es ese objeto, y no otro, el que captura su atención, cuando vagando por los perímetros de la ciudad comienza a recoger colchones viejos que yacen entre montones de desecho.

El recorrido se inicia hace seis años. Entonces Velasco estaba en pleno quiebre biográfico. Su propia  imagen del hogar como refugio estable se desmoronaba y, al mismo tiempo, se había lanzado a la intemperie laboral, abandonando la seguridad de su trabajo en publicidad. De modo que las estéticas del desarraigo callejero tenían mucho que ver con su propio desarraigo.

Su lugar de circulación era la comuna de Huechuraba, la que diariamente recorría en su auto. En avenida Perú, Las Torres o calle Huanaco siempre veía colchones entre montones de basura. No sabe a qué pulsión obedecía cuando comenzó a bajarse del auto cada vez que se encontraba con estos verdaderos hallazgos de arqueología urbana. Se acercaba sigiloso, sacaba un cuchillo cartonero que llevaba en el bolsillo y rasgaba las colchonetas para extraerles el relleno, que luego dejaba caóticamente esparcido en cualquier vereda, como si fueran las tripas inertes de un animal desollado.

Curiosamente, Velasco en un comienzo no utilizó el colchón como objeto en sí mismo, sino que extrajo la tela que lo forraba  y que él visualizó de inmediato como soporte pictórico. Le interesó la textura, la diversidad de colores y diseños, las rayas y las flores estampadas y también las manchas de secreciones humanas que atestiguaban que esa tela, ahora desechada, había sido soporte de historias pintadas con lágrimas, sangre, orina, leche y semen.

Sus primeros trabajos se apartan muy claramente de la carga del colchón como objeto encontrado. Reservando para un uso posterior la energía  involucrada en su recolección y la carga emocional que el objeto portaba, tomó distancia y convirtió estas telas en verdaderas piezas de diseño, realizando obras muy acabadas y estéticas, a través del corte y la costura, en las que los colores, las texturas y las formas se combinaban en un registro decorativo.

Cualquiera hubiese hecho la parábola contraria, es decir, partir de lo más evidente y concreto para, con el tiempo, lograr un distanciamiento.  Pero Velasco decidió concentrarse en este ejercicio de corte, confección y diseño cuyo resultado objetual dejaba en silencio los complejos discursos que se desprendían del colchón recogido de la calle.  Tenía claro que se trataba de un objeto demasiado cargado y que si hablaba, podía vociferar disparatadamente. Era necesario hacerlo hablar dentro de un guión.

El Proyecto “Sueños Remotos” es el resultado de esta trama y atestigua el momento en que Velasco es capaz de procesar la experiencia acumulada en su obra.  El trabajo -cuyo soporte es el video y la edición de un catálogo – narra el recorrido del artista por distintos lugares de la ciudad portando un carro en el que se apilan  21 colchones recogidos de la basura en las calles de Santiago entre el año 2003 y el 2007. Estos colchones fueron sujetados firmemente con correas, para colocarse sobre un palet con ruedas. Durante un año, Velasco anduvo a pie por Santiago arrastrando este carro, en el que se concentraban las historias de todos aquellos que alguna vez durmieron sobre esos colchones. Así, asumiendo el desplazamiento como elemento intrínseco del arte, devolvió a la calle lo que era de la calle.

El giro que experimenta la última producción de Velasco porta dos elementos decisivos en el desarrollo de su trabajo. El primero, es el carácter de pieza móvil y, el segundo, es su condición performativa. El artista ha productivizado su cuerpo como pieza fundamental de la obra,  asumiendo su propia capacidad de transitar en los intra y extra muros de la institución artística. De algún modo, con esta obra Velasco redefine el campo del arte en función de su propio cuerpo, entendiéndolo como un espacio del cual se puede entrar y salir, sin pedirle permiso a nadie.

En términos de la trayectoria de su obra, “Sueños Remotos” significa el cierre de un proceso pero, al mismo tiempo, la apertura de nuevas posibilidades aún por explorar.

A partir de esta concepción del arte como territorio permeable y de la ciudad, como contexto de lectura artística, se diversifican las opciones. Ya no sólo se trata de cómo resemantizar el objeto recogido de la calle sino, también, de cómo devolverlo transformado a su contexto de origen. Por otra parte, se abre una reflexión, aún incipiente, en torno a cómo su cuerpo puede seguir funcionando como un elemento protagónico del trabajo, cuál sería la relación entre su propuesta performativa y el carácter objetual de su producción y qué importancia podría adquirir el medio video como soporte de obra, en la medida que la movilidad implique un registro temporal.

Y, más allá del desarrollo del propio proyecto, esta obra abre también nuevas líneas de lectura en las que se incorporan los problemas de la ciudad como problemas susceptibles de ser reflexionados desde el arte. Así, por ejemplo, una lectura política de “Sueños Remotos” pone en evidencia la precariedad en la que aún sigue viviendo mucha gente en la ciudad pero, al mismo tiempo, ironiza con ello pues, lejos de instalar al homeless como figura victimizada, subraya la ventaja de una cierta marginalidad, en el sentido de que, precisamente, quien está fuera del sistema de circulación establecido es quien puede moverse con mayor fluidez. La obra de Velasco, entonces, convierte la carencia en movilidad y la movilidad en ventaja.